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Opinión -
Nacho Mateos
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martes, 05 de junio de 2007 |
Nos conocimos cuando estudiábamos bachillerato. En mis corrillos futbolísticos solía meter las narices donde no le invitaban para dar siempre la nota. Para él la historia no valía, decía que lo importante era lo que uno había vivido y no le que le habían contado.
No, no he sido nunca amigo de Pedro; demasiadas diferencias para ser algo más que conocidos. Pero incomprensiblemente no había día que Pedro no me saludara de esta manera:
-“Nacho, con dieciséis años que tienes… ¿cuántas finales has vivido?”.
Éste ha sido siempre su grito de guerra que decidió inmortalizar para saludarme así de por vida. Sólo en su frase, Pedro iba cambiando conforme pasaba el tiempo mi edad, que conocía perfectamente por ser la misma que la suya.
Llegué a pensar que era una pesadilla, pues luego nuestros lugares de trabajo se encontrarían cercanos, e incluso Pedro se iría a vivir a mi pueblo. Fueron muchos los momentos en los que esa mentira de saludo repetido hasta la saciedad me sugería el mandarlo a freír espárragos. No existía amistad para hablar de nada, Pedro sólo lanzaba su archirrepetitiva muletilla de mi edad, seguida de una pregunta que no dejó de refregarme durante casi veinte eternos años.
Hacía ya cerca de dos años que no me tropezaba con Pedro, pero hace unos días cuando paseaba con mis hijos lo vi caminando por la acera de enfrente a la mía.
Al llegar a mi altura me miró y me dijo:
-“Hola Nacho”, y sin pronunciar otra palabra prosiguió su camino.
Pero no podía dejar que este “balón” que ahora me centraba el destino se perdiese por la otra banda. Sin dudarlo me volví con una sonrisa y le dije:
-“Pedro, éste que tengo cogido de la mano es mi hijo Alejandro; con sólo cinco añitos ya tiene tres títulos europeos. Cuando en septiembre cumpla seis, serán también seis las finales que haya vivido y la posibilidad de sumar hasta cuatro títulos más a los tres que ya conoce. Buenas tardes Pedro. No veas lo que me alegro de volver a saludarte”.
Nacho Mateos |