Nos vamos a la mierda.
Así, sin perifollos, sin paños calientes y sin esa literatura de despacho con la que algunos intentan perfumar el cadáver antes de que huela. Nos vamos a la mierda, y lo peor no es el viaje, sino la compañía. Porque este Sevilla, que levantó copas como quien levanta la barbilla ante Europa entera, está hoy en manos de una tropa de ineptos, gandules de moqueta, chupópteros de palco, sacacuartos profesionales y señoritos del desastre.
Gente que ha confundido el Sevilla Fútbol Club con una finca heredada.
Gente que no siente el escudo, lo administra.
Gente que no sabe lo que pesa una noche europea en Nervión, ni lo que significa ver al Ramón Sánchez-Pizjuán rugiendo como si en vez de cemento tuviera sangre.
Porque para ellos esto es una cuenta, un asiento, una firma, una comisión, un sillón. Para nosotros es otra cosa. Para nosotros el Sevilla no se mira: se vive. Se hereda. Se sufre. Se defiende. Se lleva metido en el pecho como una cicatriz antigua, de esas que duelen cuando cambia el tiempo.
Y ahora duele.
Duele ver a este club arrastrado por quienes no estarían capacitados ni para dirigir una tómbola en feria de pueblo. Duele ver cómo han convertido la grandeza en desgobierno, la ambición en miseria, la planificación en ocurrencia y la institución en un sainete barato. Duele porque esto no lo ha hecho el azar. Esto no ha sido una mala tarde. Esto no es que la pelota no entre.
Esto es una demolición.
Lenta, torpe, vergonzosa y perfectamente evitable.
Y mientras tanto, ellos ahí. Con sus trajes, sus comunicados huecos, sus caras de no haber roto nunca un plato aunque tengan la vajilla entera hecha añicos. Mañana no estarán. Eso es lo más indignante. Mañana, si esto revienta, si el Sevilla cae, si el club se despeña por el barranco que ellos mismos han ido cavando con pala de oro y vergüenza ajena, ellos recogerán sus cosas y se marcharán.
Se irán.
Y quizá se vayan lejos. A otro lado a malgastar lo que han robado en el club, a otro negocio, a otro consejo, a otro sitio donde seguir viviendo de lo que otros aman.
Pero nosotros no.
Nosotros seguiremos aquí.
Nosotros no podemos dimitir del Sevilla. No podemos vender las tardes de Nervión. No podemos hacer una mudanza sentimental y decir: “hasta aquí”. Porque el sevillista no abandona. El sevillista se enfada, se indigna, blasfema, se queda ronco, rompe el carnet mentalmente siete veces en una semana… y luego vuelve.
Vuelve porque el Sevilla es su casa.
Por eso, cuando el equipo vuelva a nuestro Ramón Sánchez-Pizjuán, yo estaré allí. Y me voy a dejar la garganta alentando. Me voy a dejar el alma, si hace falta, para que esos once futbolistas entiendan que la camiseta que llevan no es una prenda deportiva, sino una responsabilidad histórica.
Si fallan, les aplaudiré.
Si se equivocan, les levantaré.
Si se dejan la piel, tendrán mi respeto aunque el marcador nos escupa a la cara.
Y si ganan, los ovacionaré como ovacionamos a aquellos equipos que hicieron de Sevilla capital de Europa tantas veces que ya perdimos la cuenta de tanto celebrar.
Porque ahora no se trata de estética.
Ni de orgullo mal entendido.
Ni de quedar por encima de nadie.
Ahora se trata de salvar al Sevilla.
De dejarlo en Primera.
De impedir que los que lo han llevado al borde del precipicio tengan además el privilegio de verlo caer con el estadio dividido y el corazón cansado.
Al equipo, aliento.
A la camiseta, respeto.
A Nervión, entrega.
Pero a los impresentables que gobiernan el club, ni agua.
A esos, ni silencio, ni olvido, ni tregua. A esos les gritaré hasta que entiendan que el Sevilla no les pertenece. Hasta que comprendan que el sevillismo no es una masa dócil de abonados resignados. Hasta que recojan las maletas, bajen la mirada y se marchen al otro lado del mundo, donde no se oiga el eco de un estadio que ya los ha juzgado.
Porque el Sevilla Fútbol Club podrá estar herido.
Podrá estar mal dirigido.
Podrá estar pasando uno de esos momentos que dan ganas de apagar la tele y encender una vela.
Pero el Sevilla no son ellos.
El Sevilla somos nosotros.
Los que estuvimos antes.
Los que estamos ahora.
Los que estaremos cuando esta pandilla sea apenas una mala nota a pie de página en la historia grande de Nervión.
Y por eso, precisamente por eso, hay que gritar.
Primero para salvar al equipo.
Después para echarlos a ellos.
Y siempre, siempre, para recordarles que el Sevilla no se toca.
El Sevilla no se toca
- 101%andaluz
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Re: El Sevilla no se toca
Las noches de Manchester y Juve no sólo deben crearse para Europa, antes en dias de urgencia como nos quedan, los siguientes dos partidos tiene que ser un manicomio y no porque lo merezcan, o lo transmitan, sino porque el Sevilla es nuestro y nos lo están matando, eso sí, con la misma vehemencia se salve o no, hay que ir a pedir explicaciones y divisiones, ya está bien
- cascarrias
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Re: El Sevilla no se toca
Evidentemente no nos queda otra que animar lo máximo en los 3 partidos que quedan de casa y a rezar . Y después ir a por estos HDLGP estemos en primera o segunda.
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SeviAlandalu
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Re: El Sevilla no se toca
Hay que, una vez acabe la temporada o bajemos o nos mantengamos matemáticamente, a por ellos.
A atosigarlos de tal manera que tengan que irse de Sevilla, literalmente.
No queda otra
A atosigarlos de tal manera que tengan que irse de Sevilla, literalmente.
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manolojaen
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Re: El Sevilla no se toca
Me ha encantando tu alegato. Suscribo cada línea. A muerte con el equipo!
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