Tempus Fugit

 en Draco

Qué de cosas, o qué pocas, según la medida que cada cual suela adoptar a la hora de valorar sucesos y acontecimientos, han tenido lugar desde entonces.

Qué de golpes, esta vez da igual si muchos o pocos, porque los recibidos han sido muy duros, hemos tenido que encajar.

Qué de puños y dientes hemos apretado desde entonces, a veces para celebrar y otras, las más, para lamentar.

Qué de mierda, pero mierda de la buena (paso de eufemismos) hemos tenido que ver pulular por nuestras narices, con el amargo sabor a hiel que nos deja lo que la inoperante justicia de este bendito país es capaz de ofrecer frente a ella.

Qué de cosas tras tanta algarabía vivida. Qué de experiencias, deportivas y extradeportivas, en tan breve espacio de tiempo, que tan intenso lo han hecho. Más incluso, quizás, que el de alzamientos y vítores varios, cercano en el tiempo, lejano ya, parece, en la memoria.

Qué de gente que no supo disfrutar plenamente de aquello, no al menos como hubieran debido -como hubieran podido-, y cuyas infundadas quejas de entonces las elevan ahora al cubo, aumentando su inalienable y perenne insatisfacción.

Qué de gente, también, que se dejó llevar por el éxtasis del momento, aparcando sus diferencias y problemas y disfrutando al máximo (carpe diem) de los inigualables momentos que se sucedían, uno tras otro, en el tiempo.

Qué diferentes maneras hay siempre de vivir la vida y sus sucesos, sus enseñanzas y sus lecciones, sus golpes y sus palmadas. Qué diferentes e irreversibles, pues lo pasado, y de una forma vivido y aceptado, pasado queda. Con sus arrepentimientos, con sus aciertos, pero inamovible.

Pero he aquí amigos, precisamente aquí, donde reside la grandeza de la vida, de esa misma vida que golpea y azota, que alaba y acaricia, del mil maneras diferentes; he aquí donde yace la grandeza del paso del tiempo, la grandeza del transcurrir del curso de los días.

Y es que la vida siempre es capaz de brindarnos segundas oportunidades, segundas vivencias, en lo bueno y en lo malo, dependiendo ya de cada uno de nosotros el qué hayamos logrado aprender y cómo seamos ahora capaces de encajar los nuevos acontecimientos que aún resten por venir.

Y, si como yo, eres sevillista, y tienes una manera especial de entender las cosas, no solo en el fútbol sino también en la propia vida, estoy seguro que este es un buen momento para reflexionar lo que, a través de nuestro amado sentimiento rojiblanco hemos podido experimentar en estos últimos años, en estas últimas fechas.

Sinsabores y éxitos en el fútbol, pero también sinsabores y éxitos en la propia vida, la que empieza, o continúa, cuando se apagan los focos, y que, a veces, quizás, no somos capaces de valorar suficientemente, o de vivirla con la suficiente fuerza e intensidad que esta realmente demanda y merece.

Esa que a veces nos empeñamos en solapar con pequeñeces, con ínfimas quejas cuya ridiculez no albergamos a comprender hasta que ella misma se afana en aleccionarnos con extrema dureza. Esa que a veces nos empecinamos en no aprovechar de la manera que muchas veces deberíamos ser capaces de hacerlo.

Muchos momentos duros y ásperos tiene nuestra andadura por este mundo. Pero muchos también absolutamente fantásticos y emocionantes. Y son los primeros los que, poco a poco, debemos ir sabiendo como encajar de la mejor manera posible, pero son los segundos, aquellos por los que realmente merece la pena nuestro paso por aquí, los que, aceptados los primeros, no debemos nunca dejar de vivir con toda la intensidad que se merecen.

Y el fútbol, el de la pelotita pura y dura, el del campo de hierba sin más, aun siendo jodido a veces, no deja de ser eso, un deporte, un hobby, algo creado para nuestra diversión, para llevar un poco mejor esos otros momentos de la vida para los que nadie cree estar nunca preparado.

Así que amigos, que se entere el mundo de quién es el sevillismo, de cómo disfruta y entiende la vida el sevillismo, de cómo apoya siempre a su gente el sevillismo, de cómo afronta sus rachas, buenas y malas, el sevillismo.

Y sí, ya se que lo saben, que, sobradamente, se lo hemos ya demostrado, pero conviene no dejar nunca de recordárselo. Y no precisamente por ellos, sino por nosotros mismos. Porque, toda esta visión que podamos, al fin, lograr de la vida, tan solo tiene un pero, un matiz, y es que no disponemos de todo el tiempo del mundo para poder entender de qué manera es la que más nos conviene vivirla.

Aunque, quizás, en el fondo, esa sea la mayor bendición de la condición del ser humano, que ese tempus fugit (el tiempo huye) en el que vivimos permanentemente inmersos sea, precisamente, el que no nos permita optar por las medias tintas y la indiferencia en cada una de nuestras vidas, lo que, sin duda, sería, al fin y al cabo, la opción más triste de las que cabría elegir.

Draco – HastaLaMuerte.NeT

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